Entrevista a María Eugenia Lorenzini:

La huida de Ema y el peso de aquello que no se dice

En conversación con Vivian Lavín, la autora y editora presenta El crimen de Ema, de Editorial Forja: un thriller psicológico sobre violencia, culpa, soledad y las redes que se tejen entre mujeres.

Una mujer despierta con un cuchillo en la mano. La sangre gotea y, sobre la cama donde durmió durante quince años con su marido, hay un cuerpo apuñalado. No hay que esperar hasta el final para descubrir el crimen: está en la primera página. Desde allí comienza El crimen de Ema, la nueva novela de María Eugenia Lorenzini publicada por Editorial Forja (2026), y también una pregunta que acompañó su conversación con la periodista Vivian Lavín: qué hace una mujer después de haber llegado a ese extremo.
Ema arranca. Su decisión puede abrir un juicio moral —por qué no se entrega, por qué no llama a la policía—, pero la novela elige otro camino. Lorenzini no busca juzgarla, sino explorar la historia, la vida interior y las reacciones de una mujer después del crimen. El suspenso no está puesto en identificar a la culpable, sino en comprender por qué ocurrió y qué puede suceder con ella.
"Ella está con un cuchillo en la mano y ve que en la cama donde durmió quince años con su marido está él muerto, apuñalado. La novela comienza así. El estado de choque de ella es tan tremendo que arranca. Y esa huida no es solo por la persecución, sino que también es la huida de sí misma, de no haber reaccionado antes, de querer ser otra persona y de buscar salidas."
Lorenzini imaginó inicialmente una novela policial, pero el comienzo impuso su propia dirección. Al revelar el crimen y a quien lo cometió, desaparecía el juego de los posibles culpables. Quedaban la persecución y la fuga, pero no una investigación destinada a atar cabos, sino un suspenso psicológico sostenido por la incertidumbre sobre el destino de Ema. La primera página, dice la autora, terminó ordenando todo lo que vino después.
La novela se inscribe en una preocupación que ha recorrido su escritura. Durante años, la dictadura y la historia reciente de Chile aparecieron como temas centrales o tangenciales en su obra. Más tarde comenzó a inquietarla con fuerza la situación de las mujeres. Aunque reconoce avances en derechos y leyes contra el acoso, observa que la violencia persiste en los femicidios y en crímenes atroces, pero también en el silencio que rodea a quienes la sufren.
"Cada vez que las mujeres sufren algún tipo de violencia, el primer sentimiento es el de la vergüenza, el de callar, el de aislarse. Entonces, las situaciones que viven las mujeres violentadas son las peores, porque se quedan sin redes, sin ayuda, sin nadie que las sostenga."
Ema nace desde esa observación. Lorenzini quiso escribir a una mujer débil y vulnerable que, poco a poco, pudiera empoderarse y reaccionar. La forma extrema de esa reacción surge porque el personaje también ha sido llevado hasta un límite. La novela se pregunta así por la violencia visible, pero también por la acumulación de silencios, culpas y renuncias que pueden antecederla.
La historia está anclada en Chile. El crimen ocurre en la ciudad, espacio que para la autora concentra las masas, el caos y la presión. La huida lleva a Ema hacia el campo, a un pueblo cercano a Curicó y a lugares que Lorenzini conoció durante los veranos de supropia infancia en Teno, donde su abuela tenía un campo. No se trata, sin embargo, de un refugio idealizado: la vida de pueblo también tiene durezas y reproduce muchas de las relaciones que la protagonista dejó atrás.
"La ciudad simboliza las grandes masas, el caos, la presión. Que ella huyera hacia el campo era huir hacia un lugar seguro, hacia ese locus amoenus, ese lugar ameno que te protege. Pero cuando llega al pueblo encuentra casi el mismo tipo de personas con las que convivía en la ciudad, salvo algunas mujeres obreras, solidarias, capaces de tenderte la mano solo porque saben que eres una mujer que necesita protección y está sufriendo."
En esas mujeres aparece una red que Ema no había tenido. Vivian Lavín vinculó esa presencia con otros elementos persistentes en la obra de Lorenzini: las voces femeninas, la memoria y la historia de Chile. Desde Después de ayer, su primera novela, las experiencias de las mujeres dialogan con el tiempo colectivo y con una sociedad que define también sus emociones.
La nostalgia es otro de esos hilos. Lorenzini reconoce que afloró con claridad en Escucha corazón, novela ambientada en los años sesenta y protagonizada por una actriz de radioteatro. Allí quiso recuperar el Santiago de la bohemia, el centro cívico que acogía a artistas y profesionales y espacios como El Bosco. Esa mirada hacia el pasado reaparece en El crimen de Ema, ya no solo como evocación de un lugar, sino como deseo de recuperar vínculos humanos que parecen haberse debilitado.
"Está la nostalgia por una sociedad más solidaria, no solo en cuanto a lo económico, sino también en las relaciones humanas. De repente hay tanta soledad. La soledad está muy presente en la obra: la soledad de la protagonista y la de las otras mujeres, que también vivían sus propias soledades."
La vida con el teléfono o el computador siempre a mano, la pérdida de las conversaciones y la falta de vida callejera de los niños forman parte de esa inquietud. Frente a ello, la autora recuerda la sociabilidad de los pueblos pequeños: la gente que sale por la tarde, mira pasar a sus vecinos y se detiene a hablar. Más que una reconstrucción nostálgica, la novela deja asomar un deseo de modificar una forma de vida marcada por el aislamiento.
La conversación avanzó desde la novela hacia el doble oficio de Lorenzini como autora y editora de Editorial Forja. Esa relación tiene ventajas y dificultades. La formación literaria, la lectura permanente y el contacto con lo que se publica le entregan herramientas para escribir; al mismo tiempo, la edición ha intensificado su perfeccionismo. Busca que la palabra, la frase y el párrafo sean precisos, y suele dejar sus obras guardadas durante años para releerlas, corregirlas y volver a editarlas antes de publicarlas.
Editorial Forja nació después de la novela Después de ayer, dell año 1994. La novela había sido aceptada una editorial, pero la impaciencia de una primera autora llevó a Lorenzini a publicarla por su cuenta. El libro comenzó a ser solicitado por colegios y ella misma lo distribuía en librerías. En la antigua Zamorano y Caperán, un librero le sugirió abrir un giro editorial para poder emitir facturas. Luego llegaron el libro de un amigo, un volumen de poesía y nuevas publicaciones. Sin concursos ni promociones, el proyecto fue creciendo hasta completar tres décadas.
Desde esa experiencia, Lorenzini observa un escenario en el que publicar es más fácil, pero no necesariamente editar mejor. La autopublicación ha aumentado y se registran numerosos ISBN, aunque muchos libros aparecen en tiradas pequeñas, sin un proceso editorial profesional y con escasa circulación. Para las editoriales independientes, las dificultades se acumulan: pocos lectores, librerías concentradas en Santiago, altos costos de distribución hacia regiones, IVA y ausencia de un precio fijo que permita competir en igualdad de condiciones.
"Somos un país de pocos lectores, una larga y angosta faja que no tiene muchas librerías y las concentra en Santiago. Es muy cara la distribución y llegar a las regiones extremas. A eso súmale el IVA y que no hay un precio fijo del libro. Las editoriales independientes tenemos que mantener ciertos márgenes si queremos subsistir."
Pese a ese diagnóstico, la editora se declara optimista. Que hoy se escriba más significa también una mayor diversidad. Lo que falta, sostiene, es una política del libro que proteja a los autores, impulse la lectura, fortalezca las bibliotecas, permita que las publicaciones circulen y otorgue un lugar mayor a las editoriales nacionales en las compras públicas. La reducción de los recursos culturales muestra, en cambio, que el libro sigue sin ocupar un lugar prioritario.
El oficio editorial abrió otra pregunta: qué ocurre con la inteligencia artificial, capaz de corregir, editar, diseñar y maquetar textos en pocos segundos. Lorenzini no la utilizó para escribir El crimen de Ema. Ha intentado aprender cómo funcionan los prompts y reconoce su utilidad para ciertos contenidos informativos, pero duda de que pueda reemplazar la capacidad humana de transmitir emociones, olores, sensaciones y momentos.
"Creo que se está valorando poco la capacidad del ser humano de transmitir sentimientos, sensaciones, olores y momentos. En el caso de Ema está la culpa que la persigue. Quizás para un relato informativo la inteligencia artificial puede servir, pero la creación, por lo menos la creación de calidad, no debería estar en sus manos."
Como editora, esa diferencia se volvió concreta cuando tuvo que evaluar una historia policial. Los hechos estaban claros, la estructura seguía la novela negra, los cabos aparecían bien atados y no había errores sintácticos ni ortográficos. Sin embargo, la lectura no producía angustia ni desesperación; tampoco permitía sentir lo que vivían el personaje o la víctima. El manuscrito era correcto y ordenado, pero emocionalmente plano. Lorenzini lo informó negativamente y explicó a su autor que debía trabajarlo mucho más.
La recepción de El crimen de Ema parece confirmar la importancia de esa dimensión emocional. La autora ha recibido comentarios positivos de lectoras, lectores y crítica especializada. Una mujer le agradeció haber puesto en palabras aquello que muchas veces no se dice. En el taller Alegre con los libros, algunas participantes contaron que debieron cerrar la novela por momentos para procesar su impacto antes de continuar.
"El único hombre del grupo me dijo: 'Para mí fue muy importante leerlo, porque pude meterme en cómo piensan y qué sienten las mujeres, y darme cuenta de que nosotros hacemos tantas cosas que no deberíamos hacer. Me hizo cuestionarme y entender lo que pasa por la cabeza de las mujeres frente a determinadas situaciones'."
Entre sus referentes, Lorenzini mencionó a María Luisa Bombal y la intimidad de La amortajada, La última niebla y El árbol. También reconoció una relación que no había pensado antes con El túnel, de Ernesto Sábato: una novela que comienza cuando el crimen ya ocurrió y que obliga al autor a sostener al lector mediante el lenguaje hasta la última página. A ellos sumó Natalia, de Pablo Azócar, donde la espera y la interioridad mueven el relato, y Morir en la arena, de Leonardo Padura, que muestra cómo un crimen afecta de manera distinta a varios personajes.
Quizás allí se encuentra la tensión que sostiene El crimen de Ema. La autora entrega el hecho desde el comienzo y renuncia al misterio más evidente. Lo que queda es una mujer en fuga, perseguida no solo por la justicia, sino por su propia historia. Llegar a la última página significa acompañarla por la violencia, la vergüenza, la soledad y la culpa, pero también por las redes que otras mujeres pueden tender cuando alguien necesita protección y ya no encuentra cómo pedirla.
Entrevista emitida el 19 de agosto de 2026 en Vuelan las Plumas en Radio Universidad de Chile
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