Entrevista a Ana María Cabanellas en PublisHer

Cuando los libros se convierten en legado

A mediados del siglo XX, la Guerra Civil española dejó a España devastada y desangrada. Sin embargo, de aquel dolor surgieron hombres y mujeres que llegaron a América Latina con pocas posesiones, pero portando una inmensa riqueza intelectual y cultural. Ana María Cabanellas es heredera de esa tradición. A sus 80 años, se mantiene activa, lúcida y profundamente influyente como una de las mujeres más distinguidas de la industria editorial argentina, tras haber cofundado CADRA, la organización argentina de derechos reprográficos, y haberse convertido, entre otros logros, en la primera mujer presidenta de la Cámara Argentina del Libro. En la reciente Feria Internacional del Libro Infantil de Bolonia, recibió el Premio PublisHer a la Excelencia 2026, en la categoría Trayectoria. Los invitamos a leer esta entrevista con lápiz en mano, dispuestos a subrayar las palabras de una mujer que estaba destinada a dejar su huella.

A mediados del siglo XX, la Guerra Civil española dejó a España devastada y desangrada. Sin embargo, de aquel dolor surgieron hombres y mujeres que llegaron a América Latina con pocas posesiones, pero portando una inmensa riqueza intelectual y cultural.
Ana María Cabanellas es heredera de esa tradición. A sus 80 años, se mantiene activa, lúcida y profundamente influyente como una de las mujeres más distinguidas de la industria editorial argentina, tras haber cofundado CADRA, la organización argentina de derechos reprográficos, y haberse convertido, entre otros logros, en la primera mujer presidenta de la Cámara Argentina del Libro.
En la reciente Feria Internacional del Libro Infantil de Bolonia, recibió el Premio PublisHer a la Excelencia 2026, en la categoría Trayectoria.
Los invitamos a leer esta entrevista con lápiz en mano, dispuestos a subrayar las palabras de una mujer que estaba destinada a dejar su huella.
«Siempre he creído que la edición es más grande que cualquier empresa individual. Los libros atraviesan fronteras. Los desafíos del derecho de autor son globales. Las amenazas a la libertad de expresión y a la libertad de publicación no respetan la geografía».
1. Usted forma parte de una familia con una importante tradición editorial. Sin embargo, estudió Derecho. ¿Por qué decidió convertirse en editora?
Primero, una pequeña pero importante aclaración: soy editora lo que en inglés se entiende como "publisher", no editora de textos, y la diferencia importa. Un publisher supervisa todo el proceso de llevar un libro al mundo: las decisiones empresariales, los derechos, el diseño, la distribución, la estrategia. Pero siempre he creído que no se puede dirigir aquello que no se comprende, así que, con los años, aprendí cada etapa del oficio, desde la corrección de pruebas y de estilo hasta la diagramación de páginas y el diseño de portadas. Solo se puede pedir algo a los demás o enseñarlo si uno sabe hacerlo por sí mismo. Esa experiencia práctica ha sido tan importante para mi trabajo como cualquier cargo de liderazgo.
En cuanto a porqué elegí este camino: el mundo editorial formó parte de mi vida desde que era niña. Mi familia estaba profundamente arraigada en el mundo del libro, por lo que la industria nunca me resultó ajena. Al mismo tiempo, mi padre era un abogado muy prestigioso y entusiasta, así que mi hermano, mi hija y yo nos hicimos abogados. Cuando elegí estudiar Derecho, fue en parte porque creía que comprender los derechos, los contratos y el marco jurídico que protege a los creadores no solo era útil, sino esencial para cualquiera que quisiera publicar con integridad. El Derecho me dio herramientas que resultaron invaluables a lo largo de mi carrera: derecho de autor, propiedad intelectual, derechos de los autores. Cuando empecé a crear mis propias editoriales en 1970, esos dos mundos se fusionaron de manera natural. Nunca los vi como caminos separados. La edición era mi vocación; el Derecho era la base que me permitía ejercerla responsablemente, especialmente porque mi primer sello, Editorial Heliasta, estaba dedicado por completo a los libros de Derecho.
2. Usted fundó tres editoriales. ¿Cuáles fueron los principales desafíos al crear sus propias empresas editoriales?
Cada proyecto tuvo sus propios desafíos y me enseñó algo diferente. Con Editorial Heliasta, el desafío fue abrirse un nicho. La edición jurídica es especializada, y construir credibilidad exigió tiempo y precisión. Editorial Claridad representó una transición desde los libros de Derecho hacia el conocimiento general y la literatura. Con Editorial Una Luna y Tobogán, entré en la edición infantil, que exige una sensibilidad editorial y una comprensión del mercado completamente diferentes. Con Editorial Printower, la empresa que produce libros electrónicos en Estados Unidos, tuve que aprender un conjunto enteramente nuevo de tecnologías y modelos de negocio para la edición digital.
Pero el desafío constante en todas ellas fue el mismo: sostener una misión cultural y, al mismo tiempo, mantener una empresa financieramente viable. La edición es, por naturaleza, una inversión de riesgo. Basta pensarlo: se publican diez libros y, con suerte, tres se venden con suficiente rapidez como para cubrir las pérdidas de los otros siete. Si los editores supieran qué libros se convertirán en bestsellers, solo publicarían bestsellers. Pero no funciona así, y esa incertidumbre es tanto la carga como la belleza de esta profesión. En Argentina, la volatilidad económica añade otra capa de complejidad. Se aprende a planificar cuidadosamente y a adaptarse de manera constante; esas dos habilidades son quizás las más importantes que puede tener cualquier editor.
3. Usted es la propietaria de Editorial Claridad, considerada uno de los hitos de la edición argentina del siglo XX. ¿Qué significó hacerse cargo de un legado editorial tan valioso, tanto entonces como ahora?
Hacerse cargo de Editorial Claridad en 1978 fue a la vez un privilegio y una profunda responsabilidad. Fundada en 1922, Claridad había sido durante décadas un pilar de la vida intelectual y cultural argentina. Había publicado a pensadores sociales, poetas y novelistas cuyas voces moldearon la identidad del país. Convertirme en su custodio significaba heredar no solo un catálogo, sino también una historia y una relación con los lectores que abarcaba generaciones.
También significó tomar decisiones difíciles sobre qué preservar y qué renovar. Un legado puede ser un regalo o un peso, dependiendo de cómo se lo sostenga. Elegí honrar la tradición de la editorial y, al mismo tiempo, hacerla relevante para nuevos lectores y nuevos tiempos. Eso significó renovar la presentación de los libros —nuevas portadas, nuevas diagramaciones, mejor papel— para que el contenido pudiera llegar a los lectores contemporáneos sin perder la identidad que hizo de Editorial Claridad lo que es. Más de cuarenta años después, ese equilibrio entre memoria y renovación sigue siendo el corazón de lo que hacemos en Claridad.
4. Usted tiene 80 años y se mantiene plenamente activa no solo en la edición, sino también en algunas de las organizaciones editoriales más importantes de Argentina y del mundo. ¿Por qué decidió desempeñar un papel no solo dentro de su propia empresa, sino también en la industria editorial mundial?
Porque siempre he creído que la edición es más grande que cualquier empresa individual. Los libros atraviesan fronteras. Los desafíos del derecho de autor son globales. Las amenazas a la libertad de expresión y a la libertad de publicación no respetan la geografía. Si los editores solo miran hacia dentro, a sus propios catálogos y sus propios mercados, se pierden la conversación más amplia que define las condiciones en las que todos trabajamos. La bibliodiversidad es muy importante para ampliar los horizontes culturales, y se puede lograr mucho por medio de las asociaciones.
Me vinculé con la Cámara Argentina del Libro en 1986 y, desde allí, mi participación se amplió al Grupo Iberoamericano de Editores y, finalmente, a la Asociación Internacional de Editores. En 2003, cofundé CADRA, la organización argentina de derechos reprográficos, que presidí y en la que hoy continúo desempeñándome como vicepresidenta. Cada paso se sintió como una extensión natural de la misma convicción: que los editores tienen la responsabilidad no solo de producir libros, sino de defender el ecosistema que hace posible la edición.
A los 80 años, continúo no solo en mi empresa, sino también en las asociaciones, porque las conversaciones no han terminado. La inteligencia artificial está transformando todo lo que sabemos sobre autoría, derecho de autor y creación de contenidos. Son preguntas urgentes, y tengo tanto la experiencia como la obligación de contribuir.
5. ¿Cuál es hoy el papel de las mujeres en la edición latinoamericana?
Las mujeres siempre han estado presentes en la edición latinoamericana como editoras, traductoras, responsables de derechos y agentes literarias. Lo que ha cambiado es su visibilidad en cargos de liderazgo. Cuando me convertí en presidenta de la Cámara Argentina del Libro en 1993, ser la primera mujer en ese cargo era algo notable. Hoy, las mujeres dirigen importantes editoriales, cámaras nacionales y asociaciones regionales en todo el continente. Ese cambio es real y significativo.
Va de la mano con los cambios en la organización familiar y las relaciones. Los hombres ahora participan más en las actividades de sus hijos, y que las mujeres trabajen se considera algo natural. Pero presencia no es lo mismo que paridad. Todavía existen barreras estructurales: el acceso al capital para quienes quieren crear sus propias empresas, la forma en que se valoran las voces de las mujeres en los directorios y las responsabilidades domésticas que aún recaen desproporcionadamente sobre ellas. El progreso es genuino; el trabajo no ha terminado.
6. Usted también es mentora de nuevas editoras. ¿Tuvo usted misma modelos a seguir o mentores?
Tuve menos mentores formales de los que me habría gustado. En aquel tiempo, sencillamente no había muchas mujeres que me precedieran en este camino. Tuve que mirar más ampliamente: a editores que admiraba desde lejos, a abogados y pensadores que eran modelos de rigor intelectual, y a los propios libros, que siempre son maestros si se los lee con suficiente atención.
Lo que sí tuve fue un entorno familiar que se tomaba en serio los libros y las ideas, y que me dio la confianza de que una vida intelectual era una aspiración legítima para una mujer. Eso puede parecer poca cosa, pero no lo era. Muchas mujeres de mi generación fueron discretamente disuadidas de tener ambiciones profesionales. A mí me alentaron, y eso marcó toda la diferencia. La Guerra Civil española, que obligó a mis padres a exiliarse, les enseñó que lo único que nadie puede quitarte es lo que has aprendido. Por eso, mis padres me animaron a aprender y a ser capaz de realizar cualquier trabajo que se cruzara en mi camino, intelectual o físico.
Esa experiencia es parte de la razón por la que la mentoría es tan importante para mí ahora. Quiero que las mujeres más jóvenes tengan lo que yo a menudo tuve que construir por mí misma: alguien que les diga, clara y convincentemente, que este es su lugar.
7. Usted recibió el Premio PublisHer a la Trayectoria. Dijo que estaba feliz de ser reconocida mientras aún estaba viva... ¿Qué significa para usted este reconocimiento?
Los premios que llegan demasiado tarde pueden parecer elogios fúnebres. Este se siente como una conversación. Sigo trabajando, sigo hablando, sigo pensando en el futuro de la edición. Por eso, ser reconocida en ese contexto, como participante activa y no como figura histórica, significa mucho para mí.
También significa algo especial recibirlo de PublisHer, una organización comprometida con el liderazgo de las mujeres y la diversidad en la edición. Estos valores han estado en el centro de mi trabajo durante décadas, mucho antes de que comenzaran a debatirse ampliamente. Ser vista y homenajeada por colegas que comparten ese compromiso es genuinamente conmovedor. Y lo admito: hay algo satisfactorio en estar presente para dar las gracias. También fue un honor recibir este premio de manos de Bodour Al Qasimi, fundadora de PublisHer, con quien comparto un camino en la Asociación Internacional de Editores, y en el contexto de la Feria del Libro de Bolonia, un lugar maravilloso para los editores de libros infantiles.
8. ¿Qué consejo daría a las mujeres jóvenes que quieren entrar en la industria editorial o crear su propia empresa editorial?
Conozcan sus derechos. Ya sea que pretendan dirigir una empresa o trabajar con manuscritos, comprender el derecho de autor, los contratos y la propiedad intelectual no es opcional, es fundamental. La edición se construye sobre los derechos, y quienes los comprenden están mejor preparados para protegerse tanto a sí mismos como a los autores a quienes sirven.
Lean ampliamente y en distintas disciplinas. Los mejores editores que conozco son personas curiosas. Sienten curiosidad por el Derecho, la economía, la historia, la tecnología y la cultura. La edición es el lugar donde todo ello se cruza, y cuanto más comprendan el mundo que rodea a los libros, mejor servirán a los propios libros.
Tengan paciencia con el largo plazo. Las relaciones, las reputaciones y los catálogos se construyen a lo largo de años y décadas.
Y no esperen permiso: vayan preparadas. Cuando entré en salas donde nadie se parecía a mí, no esperé a que me invitaran a la mesa. Llegué preparada, contribuí y me quedé. Ese sigue siendo, creo, el consejo más

Entrevista publicada el 30 de julio de 2026 en https://womeninpublishing.org/articles/where-books-become-legacy/