Entrevista a al embajador Mathias Francke

Que Chile también sea conocido por sus libros en Corea

Desde la Feria Internacional del Libro de Seúl 2026, Vivian Lavín conversa con el embajador Mathias Francke sobre el papel de los libros y la cultura para acercar Chile a Corea y el desafío de vincularlos con nuestra presencia económica en el mundo.

En Corea, Chile es conocido por sus vinos y sus frutas. Pero el embajador Mathias Francke quisiera agregar algo más a esa lista: nuestros libros.
La conversación ocurre a pie de stand, en plena Feria Internacional del Libro de Seúl, donde Chile vuelve a ocupar un lugar excepcional: es el único país de habla hispana con presencia institucional. Allí, entre lectores, editores y libros que cruzan idiomas y océanos, Vivian Lavín conversa con el embajador de Chile en Corea sobre el papel que puede desempeñar la cultura en las relaciones entre dos países geográficamente distantes, pero cada vez más cercanos.
"La difusión de la cultura chilena en Corea para nosotros es una parte importante, uno de los ejes del trabajo de la Embajada", explica Francke.
Por razones de recursos, ese trabajo se ha concentrado principalmente en dos áreas: el cine y los libros. Dentro del mundo editorial, la literatura infantil ha ocupado un lugar especial. No es casualidad. Corea es un país donde la lectura se fomenta desde la infancia y donde los libros siguen teniendo una presencia cotidiana extraordinaria.
"Corea es un país de lectores, es un país donde las madres y los padres enseñan a los niños a leer", señala el embajador.
La escena que relata resulta elocuente: un niño coreano promedio lee un libro a la semana. A veces dos.
En un país profundamente competitivo, los niños aprenden música, deportes, ciencias, matemáticas y también a leer. Esa relación temprana con los libros se hace visible en la propia Feria de Seúl, que durante el fin de semana se llena de familias y pequeños lectores.
Chile ha encontrado allí una oportunidad.
"Estamos contentos porque hay bastantes libros traducidos al coreano", dice Francke.
Para el embajador, regalar un libro chileno traducido es también una forma de diplomacia. Durante la conversación recuerda un título que narra la historia de un niño que camina diariamente una larga distancia para llegar a su escuela en el sur de Chile. Al conocer un episodio semejante en la biografía del presidente coreano, decidió hacerle llegar el libro antes de una visita a nuestro país.
El gesto resume buena parte de lo que los libros pueden hacer.
Un libro entrega conocimiento, pero también crea memoria. Puede conseguir que un niño coreano que jamás ha estado en Chile reconozca algún día el nombre del país porque una historia chilena formó parte de su infancia.
Vivian lo plantea así: la aspiración es que esos pequeños lectores, cuando en el futuro se encuentren con un chileno o escuchen hablar de Chile, puedan decir: "Yo leí un libro que hablaba de Chile".
La cultura deja entonces de ser un adorno de las relaciones internacionales para convertirse en una forma concreta de acercamiento.
"Se nos conoce aquí en Corea por el vino, por las frutas. Pero también quiero que nos empiecen a conocer más por los libros", afirma Francke.
Existe ya un camino trazado. Los lectores coreanos conocen a Pablo Neruda y Gabriela Mistral, y la Embajada ha buscado nuevas maneras de llevar la poesía chilena a la vida cotidiana. Una de las iniciativas más sugerentes ocurrió en el metro de Seúl: poemas de Vicente Huidobro, en español y coreano, fueron instalados en las puertas de dos estaciones.
Mientras esperaban el tren, miles de personas podían leer un pequeño fragmento de Chile.
La apuesta es que esa familiaridad pueda extenderse también hacia las nuevas generaciones. Que los libros despierten curiosidad por nuestro idioma, nuestro territorio y nuestra cultura; que un vínculo nacido en la infancia pueda transformarse, años después, en el deseo de viajar, estudiar, colaborar o simplemente saber más.
Y ese intercambio ya ocurre en ambas direcciones.
Durante la conversación aparece el ejemplo de la editorial chilena Recrea que publicó en español una obra coreana de la autora Kyungsung Lee, traducida por una reconocida traductora de Han Kang, Sunme Yoon. También se recuerda El viaje del abuelo, proyecto que reúne a la editorial chilena Muñeca de Trapo , y a la editorial coreana Noran Sangsang.
Son cruces que muchas veces nacen más de la voluntad de encontrarse que de grandes presupuestos.
"Empiezan a darse formas de relación que tienen que ver más con las ganas, con las ganas de hacer cosas que con el dinero", observa Vivian.
La frase toca un punto especialmente sensible. Las industrias culturales no siempre poseen la escala económica de otros sectores exportadores, pero su capacidad de construir vínculos, imaginarios y reconocimiento puede ser enorme.
Para Mathias Francke, ahí existe todavía un desafío pendiente.
"Creo que tenemos un eslabón perdido", dice.
Ese eslabón es la conexión entre el potente sector exportador chileno y nuestra producción cultural.
Chile ocupa posiciones relevantes en Corea como proveedor de vino, frutas y otros alimentos. Sin embargo, esa presencia comercial rara vez se vincula con los libros, el cine, la ilustración o las demás expresiones culturales del país.
"He tratado muchas veces de hacer el vínculo entre el sector privado exportador de bienes, frutas, cerdos, de hacerlo vincular con la cultura", explica el embajador. "Creo que hay una sinergia y hay un círculo virtuoso, ambos en conjunto".
La reflexión dialoga directamente con una pregunta que atraviesa también otras conversaciones realizadas por Vuelan las Plumas en Corea: ¿qué ocurre cuando un país exporta sus productos sin exportar también las historias que les dan sentido?
El vino puede hablar de territorio. La fruta puede contar algo sobre una geografía. Un libro, una película o una ilustración pueden construir el paisaje emocional que permite que un consumidor distante comprenda que detrás de aquello que compra existe un país.
"Tenemos más cosas que ofrecer", insiste Francke.
Por eso imagina una colaboración mayor entre quienes exportan productos y quienes trabajan en cultura. Una alianza que permita potenciar simultáneamente a empresas, editoriales, autores, ilustradores y cineastas.
En sus cuatro años en Corea, el embajador ha podido comprobar que ese reconocimiento existe y que puede crecer. Recuerda, por ejemplo, haber recibido en representación de Paloma Valdivia un premio otorgado a la ilustradora chilena en un festival coreano.
"Un orgullo ver esas cosas. Pero tenemos que mostrarlo más. Tenemos que mostrar más a los 50 millones de habitantes de este país".
La Feria Internacional del Libro de Seúl forma parte de ese esfuerzo.
Chile lleva varios años participando de manera consecutiva y el desafío, según Francke, es seguir creciendo: ampliar el stand, incorporar más editoriales, crear espacios donde los visitantes puedan sentarse a leer y mejorar cada año la manera en que se presentan nuestros libros.
"Vamos aprendiendo, y creo que es parte del proceso de innovar y siempre ir mejorando", señala.
También él ha sido un lector que descubrió Corea a través de sus libros.
Al poco tiempo de llegar al país entró a una librería decidido a leer literatura coreana. Eligió La vegetariana, de Han Kang, sin saber demasiado sobre la autora. Lo leyó rápidamente y quedó impactado por una novela que, pese a su aparente sencillez, contiene una enorme densidad.
Años después, Han Kang recibió el Premio Nobel de Literatura.
La anécdota devuelve la conversación a su punto de partida: los libros como una primera puerta hacia otro país.
La cultura, recuerda Francke, debe ser recíproca. Chile quiere que sus autores lleguen a Corea, pero también necesita abrir espacios para que las historias coreanas circulen en español. Traducir es, en ese sentido, una forma profunda de diplomacia: permitir que dos sociedades puedan leerse mutuamente.
En un mundo donde las relaciones internacionales suelen medirse en cifras de comercio, inversiones y tratados, una historia leída por un niño puede parecer algo pequeño.
Pero quizás los vínculos duraderos comienzan precisamente así.
Con un poema chileno en una estación del metro de Seúl.
Con una novela coreana que llega a una librería en Santiago.
Con un álbum ilustrado que cruza el Pacífico.
O con un niño que, muchos años después de haber cerrado un libro, escucha la palabra Chile y descubre que ese país lejano ya formaba parte de su memoria.
Ese es, finalmente, el desafío que Mathias Francke deja planteado: que Chile sea reconocido por aquello que exporta, pero también por aquello que imagina, escribe, dibuja y cuenta.
Que nos conozcan por el vino y por las frutas.
Pero también por nuestros libros.
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Fecha de emisión: 1 de julio de 2026