Emociones, Rusia y la justicia de los gatos
Las emociones ya no permanecen únicamente en el espacio íntimo. En las plataformas digitales se convierten en datos, atención y valor de cambio. El amor, la amistad y el deseo circulan por aplicaciones y redes que no solo registran lo que sentimos, sino que también crean lenguajes para expresarlo. Esa transformación abrió la conversación conducida por la periodista Vivian Lavín junto a Berta Inés Concha y Javier Saelzer, de Prosa&Política, en un programa que pasó de la obra de Eva Illouz a la Rusia contemporánea y terminó en el universo literario de Kenji Miyazawa.
El primer libro fue Tecnologías de los sentimientos. Cómo el tecnocapitalismo explota nuestra subjetividad, de Eva Illouz. La socióloga ha investigado durante años los cruces entre cultura, capitalismo, tecnología, intimidad y mercado. En esta obra sostiene que las emociones se han convertido en una materia prima para los negocios digitales. Saelzer explicó que ya no se trata solamente de influir sobre aquello que una persona siente, sino de procesar esos afectos para obtener valor.
"Ella lo que nos comunica fundamentalmente es que las emociones como tales se han convertido en una verdadera materia prima para los negocios y, por ende, para el capitalismo. En el entorno digital ya no solo se influye en lo que sentimos, sino que se han convertido las emociones en un nuevo oro o valor de cambio global."
Amistad, amor y deseo aparecen así como datos capaces de maximizar la atención de los usuarios. Vivian Lavín llevó esa idea a un gesto cotidiano: responder mediante emojis, GIF y stickers. Illouz observa que los diseñadores de tecnología han creado un lenguaje emocional que se volvió parte integral de la mensajería. Esas imágenes expresan emociones para las que a veces no existe una palabra específica y amplían el vocabulario disponible, pero también estandarizan la forma en que los afectos son mostrados.
Las redes sociales, las aplicaciones de citas y los videojuegos son analizados como conductores de energía emocional, diseñados para producir anticipación, recompensa y dependencia. Las lágrimas exhibidas por una persona influyente o la espera de un "me gusta" escenifican una autenticidad que puede ser reproducida, medida y comercializada. Allí se encuentra una de las tensiones centrales de Illouz: las tecnologías no eliminan las emociones, sino que las incorporan al funcionamiento del mercado.
Berta Inés Concha vinculó esa lectura con la experiencia de una generación atravesada por las transformaciones políticas y culturales de 1968. Para quienes imaginaron la emancipación como una ampliación de la libertad y de la vida colectiva, la conversión de la subjetividad en mercancía representa una ruptura profunda.
"El golpe para mi generación y para quienes, de alguna forma, participamos en una de las revoluciones más importantes del siglo XX, que fue el 68, es absolutamente devastador. Nuestras más íntimas emociones son, a la vez que emociones nuestras, mercancías."
Concha recorrió varios libros de la autora publicados por Katz: Capitalismo, consumo y autenticidad. Las emociones como mercancía, El consumo de la utopía romántica, Erotismo de autoayuda, El fin del amor, Intimidades congeladas y Modernidad explosiva. Los títulos trazan una investigación sostenida sobre la manera en que la economía interviene en la vida afectiva. Lo que antes podía confiarse a un amigo, a una pareja o a la familia hoy se expone ante audiencias y se integra a industrias que generan ganancias.
La reflexión alcanza también la libertad individual. La modernidad amplía las posibilidades de elección, pero convierte a cada persona en responsable de construir su propia vida afectiva y de explicar sus fracasos. La intimidad deja entonces de ser una unidad puramente personal: está moldeada por la cultura, el capitalismo y el acceso a la tecnología. Esperanza, decepción, envidia, miedo, nostalgia, desarraigo, vergüenza y orgullo forman parte de un mapa de afectos que también puede utilizarse en el ejercicio del poder.
Desde allí, la conversación se abrió hacia América Latina y la circulación de sus libros. Vivian Lavín planteó la dificultad de explicar fuera de la región por qué no existe un gran mercado editorial en castellano, a pesar de la riqueza cultural de sus países. La comparación entre el volumen de publicaciones españolas que llega al continente y la escasa circulación de libros latinoamericanos en sentido inverso revela una industria fragmentada y desigual.
"Primero es explicar la atomización del mercado editorial latinoamericano: por qué no tenemos un gran mercado en castellano y por qué culturalmente somos tan ricos. Sin embargo, comercialmente, nuestra industria editorial está muy deprimida. La cantidad de libros que se exportan desde España cada año hacia América Latina supera los ciento cuarenta mil; en cambio, los que llegan en reversa son mínimos", señaló Lavín.
Concha recordó que editoriales como Katz, Herder y Siglo XXI mantienen una atención especial sobre las ideas y el pensamiento crítico de la región. Son sellos cuyos títulos exigen tiempo y compromiso con la lectura, y que permiten acceder a discusiones que no se agotan en la distracción. Frente a las dificultades de distribución, Prosa&Política ha buscado acuerdos que hagan posible imprimir algunos de esos libros en Chile.
"Estamos hablando con los editores y consiguiendo comprar derechos de impresión en Chile para poder tener un acceso más económico, más frecuente y más actual en todos estos rubros. Ese es uno de los grandes problemas y desafíos que tenemos como industria latinoamericana, porque existen maneras de resolverlo."
Lavín relacionó esa discusión con su experiencia reciente en China. Durante su viaje encontró a periodistas chilenos y latinoamericanos que realizaban estadías de distinta duración para aprender, viajar y producir información desde ese país. La presencia de profesionales de diversos medios mostraba un interés organizado por establecer vínculos y comprender América Latina. El intercambio permitió volver a una pregunta que atraviesa a Vuelan las Plumas: qué dicen los libros cuando la escena informativa está saturada y resulta cada vez más difícil reconocer una mirada propia.
El segundo eje del programa fue Rusia hoy. Para entender el país que la derecha y la izquierda todavía miran con ojos del siglo XX, de Martín Baña, publicado por Siglo XXI. Saelzer propuso una imagen inicial: Rusia como un frasco vacío que cada persona llena de acuerdo con sus consumos culturales. La frase de Winston Churchill —"un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma"— permitió introducir un país que no puede comprenderse únicamente desde la Guerra Fría.
Baña organiza su análisis alrededor de tres cuestiones: comunismo, autoritarismo e imperialismo. Para examinar la Rusia actual retrocede hacia la presencia mongola, el zarismo, la expansión de un imperio terrestre y la importancia de la literatura en la construcción de la llamada "alma rusa". Saelzer recordó Un héroe de nuestro tiempo, de Mijaíl Lérmontov, y la figura del "hombre superfluo": un personaje talentoso y con medios materiales que deja naufragar su vida en el tedio y el abandono dentro de una sociedad servil al zarismo.
La amplitud histórica del libro condujo a Berta Inés Concha a una pregunta que sigue presente en los debates contemporáneos:
"Después de todo este basamento histórico, ¿cómo es que todavía hay mucha gente que tiene de Rusia la idea de que es un país comunista? La constante del país sería el comunismo, que fue una etapa, además corta dentro de la historia."
La Rusia actual no es comunista, pero su pasado soviético continúa interviniendo en el presente. La nostalgia puede fijarse en canciones, objetos, bebidas, automóviles, triunfos deportivos y otros elementos materiales. Esas evocaciones ayudan a moldear identidades y a elaborar la experiencia posterior a la disolución de la Unión Soviética. En ese punto, la conversación volvió a encontrarse con Illouz: una emoción como la nostalgia también puede circular, organizar adhesiones y adquirir usos políticos.
El tránsito hacia el capitalismo fue rápido y produjo una transformación radical de las condiciones de vida. Vivian Lavín leyó una imagen de Rusia hoy que resume el desconcierto de ese cambio:
"Los nuevos héroes, los banqueros y las top models impusieron su dominio, y los principios sobre los que estaba fundada la existencia de trescientos millones de habitantes de la URSS se vinieron abajo. Los rusos habían crecido en una patria y se hallaron de pronto viviendo dentro de un supermercado."
El libro también cuestiona la asociación automática entre capitalismo y democracia. La instalación de programas neoliberales puede convivir con dictaduras y sistemas autoritarios; durante la conversación aparecieron los casos de Chile desde 1973 y Argentina desde 1976. Baña no presenta esas historias como equivalentes a la rusa, pero las sitúa dentro de una pregunta común por los costos sociales y políticos de transformaciones económicas impuestas sobre las mayorías.
Después de recorrer otros títulos disponibles sobre la Unión Soviética, Rusia y su relación con Ucrania y Occidente, el programa cambió de registro sin abandonar sus preguntas centrales. La oficina de los gatos y otros cuentos, de Kenji Miyazawa, publicado por Satori, llevó la conversación a una literatura construida desde la ironía, la naturaleza y la compasión.
El volumen reúne cuentos breves protagonizados por gatos y otros seres que reflejan comportamientos humanos. En el relato que da título al libro, un gato de hollín es despreciado por sus compañeros de oficina. No tiene raza, duerme bajo el fogón y es distinto a los demás. Esa diferencia basta para que los otros lo hostiguen y terminen expulsándolo, hasta que un león interviene para impartir justicia.
"Me cautivó ese personaje solitario, el pobre gato sin raza, que no tenía la culpa porque dormía bajo el fogón. Era diferente, nada más. Los otros le hacen bullying y lo terminan echando", comentó Concha.
Saelzer destacó la historia del autor. Miyazawa provenía de una familia que regentaba una casa de empeño y una tienda de ropa de segunda mano. Aunque no sufría grandes carencias económicas, entendía que el bienestar familiar procedía de campesinos que eran clientes del negocio. Por eso decidió estudiar agronomía y buscar una forma de ayudarlos.
Miyazawa escribió en un Japón donde el budismo perdía terreno frente al sintoísmo y el militarismo. Su obra fue descrita durante el programa como una forma de surrealismo budista: cuentos en los que la fantasía permite hablar de empatía, justicia, respeto por la naturaleza y rechazo al consumo de animales. Antes de ser reconocido por sus relatos, publicó tankas, poemas tradicionales de treinta y una sílabas distribuidas en cinco versos, donde importan el ritmo y la imagen.
De las emociones convertidas en mercancía a la nostalgia rusa y la injusticia sufrida por un gato sin raza, los libros comentados permitieron observar cómo los afectos participan de la tecnología, la política, la historia y la vida cotidiana. En una escena colmada de información, la conversación regresó una y otra vez a la lectura como una manera de detenerse, reconocer de dónde provienen nuestras ideas y construir una mirada que no haya sido decidida de antemano.
Programa emitido el 12 de agosto de 2026 en Vuelan las Plumas.
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