#CharlieHebdo y la belleza de la levedad

Un despertador que no suena y que te salva la vida o, mejor dicho, te salva de una horrible muerte, como la que esperaba a la dibujante gráfica Catherine Meurisse ese 7 de enero de 2015. Era la habitual reunión semanal de los diseñadores del semanario Charlie Hebdo.

Por Vivian Lavín Almazán

Un despertador que no suena y que te salva la vida o, mejor dicho, te salva de una horrible muerte, como la que esperaba a la dibujante gráfica Catherine Meurisse ese 7 de enero de 2015. Era la habitual reunión semanal de los diseñadores del semanario Charlie Hebdo. Una cita profesional que fue interrumpida por los hermanos Chérif y Said Kouachi que vaciaron sus fusiles de asalto sobre quienes estaban esa mañana planificando el siguiente número de una revista caracterizada por una incisiva sátira de la que nadie se salvaba, ni siquiera Mahoma. Del ataque de los Kouachi se salvaron unos pocos y murieron ocho miembros del equipo. Catherine solo escuchó las ráfagas desde otro piso, a donde debió refugiarse alertada por los vecinos cuando iba con paso rápido debido al retraso. No vio el rostro de la muerte que se llevó a sus compañeros... A partir de esa mañana, ingresó a un tiempo vacío. Al comienzo, era un tiempo atizado por la urgencia de sacar como fuera el siguiente número. Una respuesta al golpe mortal. Una decisión de continuar con la publicación inmediatamente después del atentado era una manera de enfrentar y vencer a la violencia letal que les arrebató a sus compañeros de labores. Luego, inició un triste viaje hacia La levedad (Ed. Impedimenta), que es el título de la estremecedora novela gráfica que acaba de publicar. La levedad, según la RAE, es "la inconstancia de ánimo y ligereza de las cosas". Y fue la que se convirtió en una suerte de hilo de Ariadna que condujo a Catherine hacia lo más profundo de un laberinto tan contradictorio como doloroso. Tristeza, rabia, solidaridad, tanta solidaridad con el llamado #JeSuisCharlieHebdo que hizo subir las ventas de la revista hasta las nubes. Todos los ojos del mundo puestos sobre los sobrevivientes, que a partir de ese día debieron ser escoltados por guardaespaldas en todo minuto, al punto que hoy, tres años después de la matanza, pagan ellos mismos el alto precio de la invasión a su privacidad, y el Estado francés, millones de euros porque sea efectiva. En crudas cifras, la revista debe costear cada año entre 1 y 1,5 millones de euros para asegurar la redacción, a través de la contratación de empresas de seguridad y vigilancia. El ahogo de los centinelas lo han retratado en la última portada de Charlie Hebdo con imágenes tan elocuentes como una caja fuerte y una lata de conservas. La editorial escrita por Laurent Sourisseau, Riss, denuncia las condiciones de la caverna en la que han debido meterse para seguir ejerciendo el tipo de periodismo que hacen desde el año 1992, cuando fundaran el semanario. Otro de los redactores, Fabrice Nicolino arremete: "Lloramos por nuestra República difunta, incapaz de hablar alto y claro para que los principios sencillos de libertad de expresión sean respetados en cualquier punto de nuestro país. Esa libertad, vital e indisociable de nuestra democracia, está en vías de convertirse en un producto de lujo". La situación vista desde la realidad periodística que vivimos a este lado del mundo con el dolor y compasión que produce no deja de exhalar el aroma a un sofisticado perfume francés. Desde Latinoamérica, el asesinato de periodistas y la libertad de expresión se reproduce pero en su peor versión. Mientras en Francia, una revista invierte más de 1,5 millones de euros al año por su seguridad y el Estado otros tantos más, acá apenas se sostienen los propios medios, pagándoles sueldos de hambre y con la muerte a manos de sicarios a los periodistas. Este es el pan de cada semana. Un pan duro y nuestro que debemos comernos con el dolor de la pobreza y la esperanza de este Nuevo Mundo que no deja de sorprender en su sobre stock de imaginación para superarla. Así como Catherine Meurisse para escapar de la pena buscó asilo en la Villa Médici de Roma buscando la belleza en milenarias pero destrozadas esculturas o en pinturas trágicas clásicas, los latinoamericanos debiéramos aferrarnos a nuestra propia belleza para sostenernos. Una belleza que no está en los museos como en Europa, sino que en esos museos abiertos que son nuestra gente y nuestro paisaje. Porque como dice Catherine en unas de las viñetas de La Levedad: - A mí después del 7 de enero, de repente lo que me parece más valioso es la amistad y la cultura. - A mí, la belleza. - Es lo mismo.