La música que hace florecer nuevamente a La Pérgola
La concertista revela el trabajo musical que sostiene la nueva temporada en su rol de pianista pasante de La pérgola de las flores: una partitura viva que enlaza tradición popular, oficio escénico y memoria social.
Antes de que Carmela llegue desde San Rosendo, antes de que las pergoleras levanten la voz para defender su lugar en la ciudad y antes incluso de que el público reconozca las primeras palabras de "¿Quiere flores, señorita?", hay una música que debe volver a nacer.
No basta con conocer las canciones. Tampoco con reproducir aquello que ha quedado fijado en la memoria colectiva. Cada función de La pérgola de las flores exige que intérpretes, voces e instrumentos vuelvan a poner en movimiento una obra estrenada hace más de seis décadas y que, sin embargo, continúa hablando de un Chile reconocible.
En esta edición de Vuelan las Plumas, la periodista cultural Vivian Lavín conversa con Marta Montes Maldonado, pianista y arreglista de la versión dirigida originalmente por Héctor Noguera que regresó al Centro Cultural Gabriela Mistral, GAM. Desde un lugar que habitualmente permanece fuera de la mirada del público, la música aparece como una de las fuerzas fundamentales del montaje.
Marta Montes llegó a este proyecto desde una formación clásica. Su incorporación a La pérgola de las flores significó, por lo tanto, abrirse a otros lenguajes y modos de interpretación: la cueca, las tonadas, las marchas, el charlestón y las influencias de la canción francesa que atraviesan la partitura compuesta por Francisco Flores del Campo.
Ese tránsito no consistió simplemente en cambiar de repertorio. Supuso modificar la manera de escuchar y de tocar. La música popular chilena posee acentos, respiraciones y gestos que no siempre están completamente escritos en una partitura. Para interpretarla, es necesario comprender el carácter de cada escena, atender a los cuerpos sobre el escenario y reconocer que el ritmo también cuenta la historia.
La preparación comenzó varios meses antes de los ensayos. Desde enero de 2018, Marta estudió las canciones y empezó a elaborar sus propias partituras. Durante aproximadamente tres meses trabajó junto al director musical Cuti Aste en la construcción de los arreglos que darían identidad a esta versión.
El proceso presentaba una dificultad especial: las partituras originales de Francisco Flores del Campo se conservan en la Biblioteca Nacional, pero no se encontraban disponibles como un material práctico y completo para el trabajo cotidiano del elenco y los músicos. Parte de la reconstrucción tuvo que realizarse a partir de fotografías, documentos accesibles por internet y, sobre todo, de la escucha atenta de distintas grabaciones.
Fue un ejercicio de investigación musical, pero también de imaginación. No se trataba de copiar mecánicamente una versión anterior, sino de comprender su espíritu y encontrar la forma de hacerlo sonar con los instrumentos y artistas de este montaje.
A partir de ese trabajo, Marta no solo asumió la interpretación del piano. También desarrolló arreglos para otros instrumentos y participó en la creación de una textura musical capaz de reunir lenguajes muy diferentes. Cada músico fue aportando su propia sensibilidad bajo la orientación de Cuti Aste, hasta configurar una versión que respeta la composición de Flores del Campo y, al mismo tiempo, posee una identidad propia.
El piano ocupa un lugar estratégico. Completa la armonía, sostiene a los cantantes y permite resolver pasajes de considerable dificultad técnica. Sin embargo, su función no es imponerse sobre la escena. Debe acompañar los desplazamientos, las voces y los cambios de atmósfera, responder a aquello que sucede cada noche y mantener unido el conjunto.
Esa dimensión convierte el trabajo musical en una forma de actuación. En el teatro, ninguna función es idéntica a la anterior. Una respiración puede alargarse, un movimiento puede cambiar ligeramente y una frase puede adquirir una intención distinta. La pianista debe permanecer atenta a esas variaciones y reaccionar en el instante.
Marta Montes: "Cada representación implica revivir la obra desde el comienzo. Aunque las notas sean conocidas y los ensayos hayan establecido una estructura precisa, la música no puede transformarse en una repetición automática. Necesita conservar una cualidad orgánica, respirar junto al elenco y recuperar, función tras función, la energía de aquello que está ocurriendo".
Esta exigencia aumenta en los números solistas, donde la interpretación vocal y dramática se encuentran de manera especialmente intensa. También alcanza al coro, que en La pérgola de las flores no funciona como un simple acompañamiento. "Es una voz colectiva y un verdadero personaje: representa a quienes habitan la calle, defienden su trabajo y se organizan ante la amenaza de un progreso que pretende desplazarlos", dice Marta.
Allí aparece otra de las claves de la conversación. La música de La pérgola de las flores es alegre, reconocible y profundamente popular, pero esa luminosidad no anula la dimensión política de la obra. Al contrario, la vuelve todavía más penetrante.
Isidora Aguirre, la dramaturga, situó la acción en el Santiago de 1929, cuando los proyectos de modernización urbana amenazan la permanencia de La Pérgola de San Francisco. Frente al alcalde, la elite y quienes defienden la expansión de los automóviles, las pergoleras, los estudiantes, los trabajadores y los artistas se toman la calle para proteger su espacio y su forma de vida.
La disputa enfrenta dos ideas de ciudad y también dos maneras de comprender el progreso. Bajo las canciones, el humor y el romance se despliega una crítica a las desigualdades sociales y a la facilidad con que las decisiones políticas pueden pasar por encima de las comunidades.
Marta advierte que "esa capa no siempre es percibida por todos los espectadores. La familiaridad de las melodías y el carácter festivo del montaje pueden conducir a una lectura puramente nostálgica. Sin embargo, la obra no se limita a evocar un Santiago desaparecido. Pregunta quiénes tienen derecho a ocupar la ciudad, quiénes deciden su transformación y qué vidas quedan al margen cuando el progreso se convierte en una consigna incuestionable".
Por eso su vigencia no depende únicamente del lugar que ocupa en la historia del teatro chileno. La pérgola de las flores continúa representándose porque el conflicto que la anima todavía nos interpela. Las formas cambian, pero la tensión entre modernización, poder, territorio y comunidad permanece.
En esa continuidad, la música cumple una función esencial. Conserva una memoria compartida, pero evita que la obra se convierta en una pieza inmóvil. Cada arreglo, cada entrada del piano y cada nueva interpretación conectan el patrimonio con el presente.
Desde su lugar junto al escenario, Marta Montes acompaña las canciones que varias generaciones de chilenos aprendieron a reconocer. Pero su trabajo no consiste simplemente en custodiar una tradición. Consiste en volver a encenderla.
Porque una obra verdaderamente viva no pertenece solo al momento en que fue estrenada. Regresa cada vez que alguien encuentra en ella una pregunta contemporánea, cada vez que un intérprete descubre un matiz nuevo y cada vez que la música comienza de nuevo y Carmela vuelve a llegar desde San Rosendo.
Les invitamos a escuchar la entrevista realizada por Vivian Lavín a Marta Montes Maldonado para el programa Vuelan las Plumas, de Radio Universidad de Chile.
Fecha de emisión: 2 de septiembre
Imágenes de GAM https://gam.cl/es/que-hacer-en-gam/teatro/la-pergola-de-las-flores/
Audio música: GAM
#MartaMontes #LaPérgolaDeLasFlores #IsidoraAguirre #FranciscoFloresDelCampo #CutiAste #TeatroChileno #MúsicaChilena #GAM #VuelanLasPlumas #VivianLavín #RadioUChile





