Mircea Cărtărescu

Lulu

Beatriz García Huidobro
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Esta es una queja inevitable: ¿por qué grandes autores como este llegan escasamente, apenas son reseñados y en las librerías casi no se encuentra su obra? Cărtărescu es una de las grandes figuras literarias de Europa y está considerado como el escritor más importante de Rumania. Comenzó su carrera literaria siendo muy joven, como poeta y cuentista, y ha tenido un notable éxito de público y crítica. Era que no. Basta leer un par de párrafos cualesquiera, al azar, para que emerja sólido y sensible uno de los grandes escritores contemporáneos.

La breve novela Lulu posee tres planos principales que podemos distinguir, más los hilos sutiles, las redes de telaraña que la mente de Víctor, el protagonista, teje entre aquellos y forma una compleja trama donde nada está al azar y sin embargo, nada parece haber sido puesto de manera artificiosa.

Víctor le habla a Víctor, a sí mismo, al escritor de 34 años. El hombre está recluido en Los Cárpatos, en una especie de cura personal. Sus triunfos le pesan tanto como su soledad, como su soledad de ahora y la de antes, la de hace 17 años, exactamente hace media vida, cuando estuvo en el campamento Budila. El grueso de la narración, el segundo plano y principal, se centra en este lugar de veraneo para jóvenes, donde realizaban distintas actividades recreativas y deportivas. Allí Víctor era el adolescente callado, evasivo, lector y solitario, ya focalizado en su futuro como escritor, sin que esta meta le produjera ninguna satisfacción en el presente, y menos en ese ambiente.

Desde su invisibilidad, Víctor observa. Los jóvenes son entusiastas, deportistas, están con las hormonas a mil, inventando juegos y cantos sexualizados, como si todos sus pensamientos estuvieran dirigidos a canalizar el erotismo contenido. Y aunque su mirada es mordaz, no se desprende de un sentido del humor que en algunos momentos hace reír y en otros escuece como una herida. Esta festividad externa contrasta con sus sueños, sus pesadillas, con ese tercer plano narrativo que es el universo onírico que une pasado y presente y que está cargado de imágenes infantiles, de su hermana muerta, de sus padres, de lugares extraños y de él mismo. Ambientes enrarecidos, inasibles, cargados de significado y misterio. Imágenes hermosas y terribles, de un lirismo tan potente que traspasa indemne las limitaciones de la traducción.

Y flotando en esta red de la telaraña, está Lulú. Esa imagen adolescente del travestido, Lulu, la obsesión que no puede ser solamente ese instante juvenil, que de algún modo ha de ligarse a la infancia, a los lugares oscuros, a los callejones de la vieja ciudad, a los túneles más tenebrosos de la infancia.

El autor dice al comienzo, y esto es para alucinarse de inmediato con su prosa:

 “He sonreído porque en ese momento he pensado que tú no podías ser atacado por esta enfermedad de mi mente que se llama Lulu, que solo esa  niña infeliz y yo hemos visto el espantajo sucio, rezumante, que me ha llevado de la mano hacia sus tinieblas. De hecho únicamente yo lo he visto, ella lo ha sentido en la piel como si estuviera vestida con una retina pura, mullida y sensible, y sobre ella, de esa insoportable imagen invertida, pequeña como un sello, hubiera surgido ese absceso efervescente”.

Un libro que hay que leer, un autor al que hay que perseguir.

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