MATÍAS KUNSTMANN

Lo improbable de mí

Beatriz García Huidobro
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Siempre complace leer una novela inteligente y poco pretenciosa, en la cual el autor controla sus posibles arrebatos y desbordes y se centra en contar una buena historia, matizarla con personajes de creciente densidad y diálogos creíbles, y generar un ambiente consistente.

Cristóbal Fernández es el protagonista, quien cuenta en primera persona su estadía en una universidad americana donde está desarrollando una investigación relacionada con su especialidad: los agujeros negros. Él es un joven físico bastante despegado de cuestionamientos sociales, incluso se insinúa una relación complicada con la madre que en Chile es una concertacionista activa y entusiasta cuyos discursos lo molestan e interfieren negativamente con el vínculo familiar de por sí frágil.

A la vez, Cristóbal parece recibir desde fuera los chispazos vitales: los personajes a su alrededor son apasionados, tienen un lugar en el tiempo y el espacio, un lugar desde el cual se zambullen en existencias intensas y con un sentido que hacen propio. Él, en cambio, da la impresión de abordar cada día desde la indiferencias, despegado de sus motivaciones, sus intereses, sus pasiones.

Esto es bastante interesante, pues a medida que se despliegan los hechos de la novela, Cristóbal parece despertar y ser capaz de transformarse en su propio motor y eje, en el conductor de su existencia. Todo esto vinculado tangencialmente a los textos sobre física que se despliegan en páginas complementarias; textos muy sugestivos para quienes somos legos en la materia, por ese poder interpretativo de la realidad que posee la disciplina justamente desde su, en apariencia, enorme distancia con las existencias cotidianas. Y, a la vez, este “darse cuenta” posee algo de triste y resignado, despertar para decepcionarse.

La historia empieza a desarrollarse tras una conferencia a la que asiste Cristóbal, donde se produce un atentado con pintura a uno de los conferencistas. Ahí conoce a Kate, una joven activista en contra del imperialismo, un personaje con bastante densidad pues es mucho más que ese estereotipo; es una joven dañada por el entorno, por los hechos encadenados de su historia familiar que, como todos los hechos del pasado, posee consecuencias en el futuro de las personas, en la construcción de los caracteres, en la toma de decisiones.

Y así como la historia de amor se ve interferida por las convicciones de Kate y la influencia de su tutora, también la existencia ─o más bien, la mirada hacia la existencia─ del protagonista transforma la narración en una novela de mayor densidad, armada con inteligencia y que se carga de una emotividad significativa.

Auspiciosa primera novela que en algún punto recuerda la capacidad narrativa y los ambientes universitarios de Guillermo Martínez. Novela que a pesar de su contención, del freno que a ratos el autor pone a su capacidad expresiva, permite conjeturar que estamos ante un escritor muy promisorio.

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