El disparo del rey
Nunca un problema diplomático tan grave como la expropiación de una empresa que afecta de manera dramática los intereses españoles, como la de REPSOL por parte del Estado argentino, ha sido recibida con tanto alivio por parte del Rey Juan Carlos, aunque esto afecte de manera directa su tarea como jefe del Estado español. Y es que esta peligrosa y valiente decisión de Cristina de Kirchner de obligar a la gigante de hidrocarburos hispana a vender su 51 por ciento ha significado que el accidente del Rey, en plena cacería de elefantes en Bostbuana, haya salido de las primeras planas de la prensa hispana y mundial y cambiado el foco de indignación de la ciudadanía desde su persona hacia la de la Presidenta.
Sin embargo, los intereses económicos de la petrolera española no han logrado nublar la conciencia del pueblo español que sigue repugnado con la afición matarife de su regente que lo revela como un personaje frívolo y despiadado. Y es que al más puro estilo de las cacerías reales de las que tenemos noticias y detalles por los enormes cuadros y tapices que cuelgan de los muros de los museos y elegantes salones europeos, el Rey Juan Carlos I de España tiene el desparpajo de salir de cacería de elefantes en pleno siglo XXI, cuando la onerosa afición resulta más un acto de crueldad y seria desconexión con la realidad que viven sus súbditos que están sumidos en una de las más duras crisis económicas de los últimos años.
Sus tardías disculpas son solo una manera de controlar la marea que amenaza su posición y la de la institucionalidad que representa, cuando los cuestionamientos surgen en torno a una Ley de Transparencia que afecta a todo el sistema público español menos a la monarquía o cuando los sueldos de los empleados fiscales han sido rebajados, incluso los fondos destinados a la investigación en un 25 por ciento y en cambio, al Rey Juan Carlos solo se le redujo en un 2 por ciento su presupuesto familiar. Allá los españoles y su institución decimonónica que para pueblos como el nuestro representan resabios de un sistema injusto y hasta ridículo. Son estos momentos en los que se reconoce la valentía y visión de un O’ Higgins que abolió todo vestigio nobiliario durante su mandato...resulta una pesadilla imaginar que sumada a la inequidad de nuestra sociedad chilena se tuviera que lidiar además, con condes y duquesas.
El disparo del Rey, sin embargo, es mucho más profundo y cala más hondo que su averiada cadera, cuando se destapan hechos de los que poco se sabe y más se calla. Como que el personaje en cuestión, el mismo que hizo callar de manera brusca y hasta grosera al presidente de Venezuela en una cumbre iberoamericana hace unos años por hablar en demasía, es el que se permite despilfarrar matando animales de talla mayor y en serio peligro de extinción, como los escasos bisontes que quedan en el mundo en un viaje a Polonia hace ocho años por lo que pagó siete mil euros, los cinco osos que mató en Rumania o al oso desfalleciente y borracho con whisky y miel que le reservaron en un zoológico en Rusia para que lo ejecutara sin peligro. Lo más duro, sin embargo, es que quien lleva las riendas de las relaciones internacionales de España guarda en su historial un hecho que da muchas luces respecto de su persona, cuando hace 56 años, el entonces joven Juan Carlos mientras jugaba con su hermano Alfonso, le disparo en pleno rostro causándole la muerte en forma instantánea. La pregunta que surge de inmediato es cómo una persona, después de un hecho tan traumático, como es la muerte involuntaria de un hermano por sus propias manos, no le hizo aborrecer y odiar las armas para siempre.
El escándalo del Rey y sus cacerías tienen a media España indignada y a toda Europa dolida en una semana particularmente sensible cuando aún resuena el temerario “no me arrepiento” de un Breivik, el asesino de decenas de jóvenes noruegos, situaciones que permiten debatir sobre la tenencia de armas y la legalidad de lo que algunos se permiten llamar deporte, como es la cacería, porque en estas lides no hay como saber el asesino que algunos llevan dentro.






