NICOLÁS POBLETE

Cardumen

Beatriz García Huidobro
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Cardumen
Es difícil ponerle buenos títulos a los libros, es algo que llega a ser un arte: que una frase o una palabra consiga dar cuenta no solo de la intención del autor y de la trama, sino que además resulte atractivo y sugerente. En el caso de la novela de Poblete, el título es tremendamente acertado y alusivo. Cardumen refiere a una agrupación de peces de similares características, yendo en la misma dirección. A la vez, hace pensar en la protección que produce el grupo tanto en términos de defensa como de generación de identidad, de sentirse parte de un grupo.
En este cardumen que crea Poblete, los focos se dirigen a seis personas, además de otras en sordina, cada cual con su desadaptación, con el rechazo de los otros que, en mayor o menor medida, los impulsan a nadar en un sentido distinto al de la multitud. El personaje principal −no el sentido convencional de protagonismo sino como quien detona que se creen nuevos lazos en torno a él− es un joven homosexual, Cris, que se encuentra desorientado vocacionalmente, que entre tanto trabaja en una discoteca haciendo un número de baile y que, al salir una noche, es brutalmente golpeado y humillado por unos matones. Paralela a la historia de Cris −que al igual que las otras se va armando parcialmente, casi de manera fragmentada, con saltos en el tiempo−, está la de su madre, una mujer que luego de la larga enfermedad y muerte de su padre, decide ingresar a estudiar psicología para darle otro cauce a su existencia. Ahí conoce a Ximena, una joven del norte, que la seduce con su vitalidad, su sentido de la justicia, su aplomo. También aparece el padre de Cris, un médico algo desdibujado, algo plano, cuya presencia no entrega mucho valor a la historia pero que oficia de contrapunto: representa la estabilidad, lo correcto, la vida “como debe ser”, sin que sea un hombre duro, sino solamente distante. También se presenta la mujer sin nombre que está en el hospital, la mujer fea, invisible, insignificante. Y como en sordina Liliana, la prima, la joven que murió ahogada, la talentosa cantante que es ahora un cuerpo descompuesto en la morgue.
Este paisaje de seres en mayor o menor medida postergados, se va armando como un puzzle. Si bien algunas escenas que describe Poblete resultan muy sugerentes para entender cómo se formaron las personalidades, otras parecen estar de más y no aportan o desconciertan, pero finalmente el conjunto consigue afirmarse y darle coherencia a la propuesta.
Seres distintos que deben desarrollar medios para encontrar un espacio en este océano donde los demás se integran al cardumen y crean un cuerpo de resistencia y protección. Esta no es una novela en la que personas excluidas se quejen o lamenten por el destino. Y esa es su mayor fortaleza: resaltar la capacidad de violencia que pueden manifestar los individuos postergados o aislados por el sistema. Cómo estos pueden optar por una resiliencia activa, que quiebre la anulación de los otros. Y cada diferente estrategia tendrá que ser efectiva, aunque no vaya más allá de acomodarse en un recurso menor como modelar en arcilla, donde la engañosa sensación de estar creando sea una protección ante una sociedad que agrede al que se aparta de la manada. 
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